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Nombre: Aidual
Ubicación: Colina El Pino, La Serena, Chile

lunes, octubre 02, 2006

Fiestas Patrias en el desierto

Aprovechando la semanita de vacaciones (o "receso", que suena más elegante), viajamos a Chuqui a despedirnos de la casa vieja y del campamento (por nosecuantoava vez). A pesar de ser una semana un poquito difícil y bastante movidita, disfrutamos ls tranquilidad que nos dieron esos días de descanso. El día que volvíamos, hicimos un recorrido por lo que queda de campamento, tomándonos fotos en las casas que vivimos durante todos estos años, recordando anécdotas como la de un gran temblor que ocurrió cuando yo tendría unos 10 años, y cada uno de mis papás nos agarró a mi hermana y a mí y corrían entre la entrada principal de la casa y el patio, sin ponerse de acuerdo adónde nos quedábamos... en eso, el temblor ya había pasado. También nos fotografiamos en lugares históricos: fuera del Club Chuqui, frente a la parroquia, en la plaza, y afuera de mis queridos colegios: El Colegio Chuqui, hoy convertido en oficinas, donde viví hermosos años de juventud y los primeros pasos en el carrete (¡qué ingenua era esa generación!), y por supuesto, mi querida escuelita básica, la D-54, en ese momento de un llamativo color rosado, aunque yo la recuerdo azul y celeste. Inolvidables los resbalines ubicados a un costado, donde el día viernes era sagrado tirarse antes de irse a la casa, el antiguo escenario de madera, del que conservo una cicatriz en la rodilla izquierda (recuerdo de una caída por ir corriendo a recreo), las altas salas con dibujos de la historia de Chile en la parte superior de las paredes; el caserito y el pelao a la salida de la jornada, dispuestos a vendernos las pastillas "pololeo", las "media hora" y los chicles "grosso" y "mitimiti". Excelentes profesores acompañaron mi estada bàsica: la Srta. Laura, quien me fue a visitar cuando me operaron de adenoides; el profe Biaggini, quien me inició en los misterios de la biología y las ciencias; mi tía (biológica) Edith, con su exigencia y capacidad de justicia, le dio sentido a lo que leíamos y el querido profe Véliz, grande de las matemáticas, con quien los números no sólo no eran difíciles, sino que también entretenidos. A ellos y a esa humilde y antiquísima escuela, debo la base de todo lo que fui capaz de lograr académicamente después.
Por lo tanto, no es de extrañar que cuando al día siguiente, ya de vuelta en La Serena, mi mamá me llama y me dice:"¡Claudita, se está incendiando la D-54!", yo haya llorado de pena... era increíble que se estuviera calcinando, que el lento deterioro de las cosas abandonadas haya sido reemplazado por la rapidez del fuego, y que todos esos lindos recuerdos que orgullosamente le comenté a mi hijo ¡sólo el día anterior!, se hayan hecho humo en una pocas horas... La escuela desapareció, pero su alma estoy segura que permanece en los vivimos parte de nuestras vidas en ella:
¡Adios querida Escuela D-54, República de Chile!